Llevaba tiempo dándole vueltas a ir a trabajar en bici. No más atascos, no más depender de los horarios del tren y un pequeño ejercicio cada día. Así que un lunes me decidí, saqué la bicicleta del trastero y me monté en ella para ir al trabajo. Y desde entonces no he dejado de hacerlo.
La mayoría de españoles tenemos una bici en casa, pero son pocos los que se animan aún a utilizarla. Aunque seguimos viéndola como un divertimento para los fines de semana o para las excursiones al campo, la bicicleta es de todo derecho un vehículo ideal para la ciudad. Es rápido, eficiente y muy barato. Y sus efectos secundarios son geniales.
No es lo mismo llegar al trabajo después de haber estado apretado en un vagón lleno de gente, o atascado tragando humo sin avanzar durante minutos, que llegar después de dar unas pedaladas atravesando tus calles favoritas de la ciudad.
Aunque al principio podemos pensar que nos va a dar pereza o que es peligroso, no es para nada así. Los coches te respetan más de lo que podrías imaginarte: la bicicleta es un vehículo más, con todo el derecho a circular por la calzada, y que además contribuye a hacer más pacíficas las calles y más habitable la ciudad.
Yo ya no tengo duda: la bici es mi aliada perfecta para moverme por la ciudad, no depender de los horarios de los demás y evitar atascos. Me muevo sin contaminar y mi cuerpo me lo agradece.
El camino más corto no siempre es la línea recta
El primer día que fui en bici al trabajo tardé más o menos lo mismo que yendo en metro. El segundo día, diez minutos menos. ¿El secreto? Dedica un rato la tarde anterior a planificar la ruta menos complicada, evitando atascos, cuestas… o por qué no, desviándote un par de manzanas para pasar por esa plaza llena de árboles, una calle con tiendas interesantes o ese edificio que te gusta tanto. No solo se trata de llegar, sino de disfrutar cada pedalada.
Tampoco es lo mismo la ruta de ida que la de vuelta: a diferentes horas, los atascos están en diferentes puntos de la ciudad. Date una semana para crear y perfeccionar tus propias rutas y aprender a llegar a los sitios en bici y ya no querrás bajarte de ella.
No querrás bajarte de la bici
Ir en bici a trabajar engancha. El segundo día mientras desayunaba ya me apetecía subirme en mi bicicleta y recorrer la ciudad. ¿Cuándo había pensado yo en el camino al trabajo mientras bebía el café? Las endorfinas que segrega nuestro cuerpo cuando hacemos algún tipo de ejercicio te hacen sentir bien y son adictivas. Desde que voy en bici, las mañanas son menos pesadas. Ese momento de despejarme antes de empezar a trabajar se ha convertido en imprescindible.
El camino al trabajo se convierte en uno de los mejores momentos del día. Un momento para no pensar en nada, relajarme y disfrutar de mi ciudad. Y además, saber que estoy contribuyendo a que tenga menos ruidos, menos contaminación y accidentes.
