Tomates que saben a tomate

 

Reconozco que ser la primera hija que abandona el nido y vive al ladito de casa de sus padres tiene muchas ventajas.  A mí me “hacían la compra”, y simplemente pasaba a buscarla cuando me venía bien. Desde que era pequeña la carne se ha traído siempre del pueblo de la sierra donde veraneábamos, auténtica ternera del Guadarrama, que sabíamos de quien era,  lo que comía y prácticamente la habíamos visto nacer.

Pero pasó que cuando nació mi enano mayor, la casita diminuta se hizo aún más diminuta y buscando, buscando encontramos otra, pero ¡ay! tan lejos de casa de mi familia, que las compras por encargo se hicieron imposibles, así que empecé a buscar buenas tiendas cerca del nuevo hogar.

¿Y si monto mi propio huerto en casa?

 

El nuevo barrio era grande, con amplias avenidas y jardines y estaba lleno de recién casados y mamás con bebés o embarazadas. ¡Qué bonito!

El anillo verde pasa por aquí y el sábado por la mañana al caer la tarde de todas las urbanizaciones salen a correr por los jardines y los descampados un montón de treintañeros.

Pero ni panadería, ni mercado, ni nada más que un par de supermercados de barrio. Para alguien acostumbrado a bajar a la calle de un bullicioso barrio madrileño era como estar en el desierto.  Fui a comprar mis tomates y encontré unos con una pinta maravillosa. Pero aquellos tomates tan gordos y brillantes, color rojo y verde y la piel tan tersa que parecía que un estallido de sabor iba a hacer las delicias de mi experto paladar tomatil… nada, el tomate no sabía a nada.

Si normalmente hubiera sido un golpe bajo, en mi estado de madre amamantadora, con las hormonas disparadas fue un auténtico drama. Si a eso unimos unos huevos que parecen de codorniz y cuya yema es amarillo pálido por la alimentación que reciben o unos melocotones que ni saben a verano ni nada, se comprende que harta decidiera cultivar mi propio huerto.

Primeros pasos para crear tu huerto urbano

 huerto

Lo primero es la localización. Un lugar soleado, el astro rey nos condiciona mucho, las cosas como son, pero después lo vamos a notar, así que buscando una orientación sur.  Una vez tenemos nuestra ubicación decidida, tenemos que ver dónde vamos a cultivar nuestras cosechitas. Hay diferentes marcas que venden mesas de cultivo preparadas para dicho fin, hasta los nuevos modelos son de pequeñas dimensiones para adaptarlos a terrazas pequeñas y balcones, con patas regulables, etc.

Ya teniendo la mesa de cultivo y unas buenas herramientas, lo siguiente era la tierra. En el vivero me aconsejaron un sustrato ligero, que aportara nutrientes a la tierra.

Lo mejor en el caso de principiantes, como era yo, fue asesorarme, no se pueden mezclar verduras al antojo de cada uno, por ejemplo me enteré de que los tomates no se llevan bien con los pimientos y las patatas, así que opté por combinarlos con los rábanos y las lechugas.

También compré plantas aromáticas y flores, ya que atraen insectos para la polinización. Así también me hice fan de la caléndula y mi pesto es el mejor que habéis probado, aunque la albahaca me da bastantes quebraderos de cabeza, la verdad.

Me compré también una pequeña regadera, ya que la falta de espacio y de grifo hacía prácticamente imposible otra forma de riego. Las mesas de cultivos tienen un sistema de drenaje, así que es muy fácil saber cuándo te estás pasado de riego, además es importante, aparte de leer e informarse, usar la lógica, dependiendo de la estación del año, la frecuencia de riego será diferente.

Una cosa divertida, como la profundidad de la tierra es mucho menor que en un huerto convencional, nuestras verduras y hortalizas también son mucho más pequeñas, pero como suele decirse, el tamaño no importa porque el sabor lo compensa con creces.